- Enrique Gil Ibarra escribió:

"La Olla del Duende"

Resulta que en mi casa hay, colgando de unas cadenitas (tres) en la pared, una olla pequeña, de cobre y bronce batido (golpeado) en la que vive (supuestamente) un duende. Esta ollita adorna -es un decir- las paredes de las casas en las que ha vivido mi familia desde hace mucho tiempo. Me la traspasó mi padre, y a él su padre, y a él (según se cuenta) el suyo, cuando vino de España en un barco. Quiero aclarar que la olla tiene tapa, también de bronce, y está sellada con tres cuajarones de lacre -creo que es lacre- rojo. En uno de los cuajarones se distingue una especie de sello impreso, donde parece haber un dibujo con rayas que se entrecruzan, como paralelos y meridianos, y abajo de estas una forma -bastante informe, por cierto- que no he podido relacionar con nada. Por supuesto que no tengo la menor idea si todo esto fue una invención de mi viejo, pero lo real es que, cuando le pregunté sobre el asunto, me contó lo que sigue:

Que la olla en cuestión le fue trasladada por su padre (mi abuelo, al que no conocí), con la “absurda” (sic) teoría de que en ella vive el Duende de la familia. Que él recordaba haber visto esa olla desde que tenía memoria, en la vieja casona de La Plata, colgada en un rincón del comedor, y que siempre se dijo que pasaría a su hermano mayor (único otro varón de todos los hermanos) cuando se casara, o cuando el abuelo muriera. Pero el asunto es que mi tío se murió en un accidente antes que el abuelo, y entonces cuando mi papá se casó le tocó la olla. Que su padre le juró que la había recibido del suyo (mi bisabuelo) y que efectivamente contenía el duende familiar. Les cuento que mi viejo era (falleció) abogado, y bastante escéptico. No obstante, el abuelo afirmaba que siendo el bisabuelo un chico, de unos diez años, vivía todavía en España, y desafiando la prohibición de siquiera tocar la olla (en casa siempre se le pasó un plumero, suavemente y muy de tanto en tanto) la descolgó de las cadenas para mirarla mejor y se le cayó, rompiéndose uno de los sellos. Parece ser que el duende se salió, “muy enojado” y se escondió hasta que regresó su padre (a esta altura creo que estoy hablando del tatarabuelo, hasta yo me confundo) quien se puso a convencer al duende de que no se fuera (parece que antes le dió a su hijo la paliza de su vida). Según la historia, convencer al duende le llevó más de tres meses, y dicen que fue uno de los peores momentos de la familia, que pasaron las cosas más espantosas, inclusive la muerte sorpresiva de una hermana menor del bisabuelo, la pérdida de una cosecha, etc. La información agrega que el ¿tatarabuelo? tuvo que viajar a no sé qué pueblo perdido en el medio de Galicia (luego de convencer al duende, supongo) para que un señor -del que la historia no registra nada- repusiera el sello roto que, por suerte, no era el que tenía (tiene) el símbolo grabado.
A partir de allí, si vamos a creerle a mi padre, la olla no volvió a abrirse nunca. Por supuesto, cuando me trasmitió todo esto, lo hizo con muchas sonrisas, ironías y burlas, dando a entender que jamás un tipo inteligente como él podría creer semejantes estupideces. Por supuesto, yo me reí con él, y no volvimos a hablar del tema. Sin embargo, por lo que me consta, él nunca abrió la olla, y cuando me la pasó (ya que me casé antes que mi hermano mayor), también con sonrisas e ironías me dijo: “Arregláte. Ahora el problema es tuyo”. Mi hermano mayor no ha tenido hijos (a decir verdad, sus sucesivas “esposas” ni siquiera han logrado hacerle firmar nunca ningún papel) ni piensa tenerlos, por lo que la olla cayó directamente sobre mi cabeza.
Y aquí viene el tema: como algunos de ustedes saben, tengo desde hace cinco años un hijo varón, y hace unos días tomé conciencia de que a más tardar dentro de uno o dos años comenzará a preguntar de que juega la famosa ollita. ¿Y qué le digo? Si le cuento la historia como viene, voy a sentir que estoy inculcándole tradiciones mágicas y fantasías increíbles que, realmente, en esta época.... Pero si le digo que la historia es falsa, va a querer sin dudas abrir la olla para ver qué hay adentro. ¿Y si no hay nada? ¿Querrá decir que durante nosécuántos años todos los Pater Familiae hablaron huevadas y trasmitieron estupideces a sus hijos? ¿Y por qué lo hicieron? Pero...¿ y si hay “algo”? ¿Y si pese a toda la lógica, la racionalidad, y etcéteras varios, rompo algo que no debiera romper? ¿Cómo le traspaso a mi hijo la pelota? Mi viejo se sacó de encima la cosa burlándose. (Pero no abrió la olla). Y me la pasó burlándose (Pero no me dijo que la abriera yo).
¿Tienen algún buen consejo para darme? ¿Qué harían en mi lugar?